

Son las 16:00 del martes y la gente comienza a salir de sus puestos de trabajo. Sobre la avenida Alejo García, a un costado de
DE NOCHE, UN INFIERNO
Pero este agradable y hasta santo panorama que se observa sobre la citada avenida, en tres cuadras comprendidas entre las calles Mariscal Estigarribia y 11 de Setiembre, al caer la noche se convierte en las puertas del infierno. Como de la nada surgen aquellos que constituyen los marginados de Ciudad del Este, los que para la sociedad no existen mientras no dañen a la gente “de bien”. Son niños, adolescentes, adultos, hombres y mujeres adictos al crack, al alcohol, travestis y mujeres explotadas sexualmente.
Mi cita es a las 20:00. Mi contacto, Camila, una de las travestis que pisa las calles de Ciudad del Este desde aquellos tiempos en los que ellas no pasaban de cuatro o cinco, todas adultas; hoy día son más de 20, y hay adolescentes. El objetivo es encontrar a dos jóvenes travestis que tienen además un punto en común: han sido ultrajadas en calabozos de
Camila me espera en la esquina de la avenida Alejo García y Mariscal Estigarribia, frente al Parque Chino. La iluminación es sólo de dos o tres postes y luego cunde la oscuridad. A nuestro alrededor, encendedor en una mano, lata cortada en la otra, alrededor de 30 adolescentes, niños y niñas consumen crack. Los distribuidores ni se inmutan, miran de reojos y mala cara a la intrusa que soy en su mundo, y continúan la entrega del estupefaciente.
Ya loco, bajo el efecto de los estupefacientes, un niño salta, grita, lanza piedras, recorre la casilla ubicada en la esquina que, según las denuncias, es el principal centro de distribución de crack en la zona. Todo el Parque Chino parece moverse al ritmo de los encendedores, la droga, los chicos y las chicas que se arrastran, saltan, se acuestan en el suelo.
Con Camila comenzamos a caminar por el paseo central de la avenida. Me cuenta su preocupación por la violencia a la que están expuestos los niños y adolescentes que viven en la calle, los que son travestis, las que son prostituidas. Desde la profunda oscuridad que ahora es la ex aviación donde a la tarde se jugaba fútbol, se acerca una jovencita buscando profilácticos. Se ve al fondo a otra mujer conversando con un hombre “motorizado”.
“Es que la ex aviación, con su oscuridad, es zona de las mujeres, mientras del otro lado, hacia la plaza Van Aaken, están las travestis”, explica mi guía. Y precisamente llegamos a la esquina de la plaza, desde donde sale corriendo un adolescente aparentemente alcoholizado en tanto que una adolescente travesti termina de conversar con un adulto que circula en biciclo.
Irónicamente, en menos de media hora, la patrullera de
En la esquina de la plaza del Monseñor, encuentro a una travesti adolescente. Ella comienza a relatarme cuán abusada fue en sede policial, pero la entrevista se suspende porque una “loca” adulta la amenaza de muerte y ella no soporta la tentación. En la trifulca, a continuación, la adulta apuñala tres veces a mi entrevistada, que mal herida se recuesta en una pared y cae a la vereda. Más de 40 minutos después llegaron policías que no la quisieron subir a la patrullera, ni siquiera la tocaron, sino que se dedicaron a sacarle fotos. Luego llegó una ambulancia y fue llevada al Hospital Regional.
AL AMANECER…
Como por arte de magia, al día siguiente, sin embargo, no hay rastros de violencia en la zona y todo vuelve a ser “santo”. La sangre en la pared se limpió y padres apurados llevan y traen a sus hijos a la escuela.
Empero, en el parque Chino quedan los rastros de la noche pasada. Decenas de bolsitas, envoltorio de la “piedra” comprada, además de condones usados y “pipas” confeccionadas con bolígrafos y otros materiales. Un niño duerme en medio del parque, un guardia municipal lo “cuida” sentado en medio de las bolsitas, el nauseabundo olor a heces, agua estancada en una antigua fuente olvidada. La gente pasa, los niños trabajadores limpian parabrisas en el semáforo de la esquina. Nada pasó… Y esta es simplemente una historia de un mundo paralelo que existe, pero que se ignora, en Ciudad del Este.
Un pequeño e improvisado santuario, hay a un costado de la entrada al Parque Chino. A una plantita le colocaron un collarcito de flores de plástico, colocando debajo la imagen de San Antonio, el Patrono de los pobres. Hay precarios candelabros y también viejos juguetitos, como la carcasa de un autito rojo.
El santuario está ubicado en la principal zona de venta y consumo de los niños y adolescentes que viven en la calle. Según cuentan en
El santuario, es ahora en homenaje a este adolescente asesinado, considerado el “protector” de los menores de edad que hicieron del parque Chino, su casa. Es para que los proteja que le regalaron el cochecito rojo y le prenden viejas velas.
Qué puedo decirte amiga?. No me queda más que felicitarte por varias razones. Por tu valentía de estar ahí, por tu periodismo agudo y crítico, por mostrar la otra ciudad, la ciudad que no se ve, la ciudad de la que no se habla, la ciudad que había sido "no cambió". FELICIDADES, EXITOS!!
ResponderSuprimirMuy buena página, además del titulo, que de por sí ya me atrae. Tenemos la misma idea sobre el ejercício del periodismo.
ResponderSuprimirmuy fuerte...cruel realidad... esta frase me gustó Mari: "Nada pasó… Y esta es simplemente una historia de un mundo paralelo que existe, pero que se ignora, en Ciudad del Este" ¿Hasta cuándo?
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